Religiosas y sacerdotes homosexuales

Una Iglesia que cambia para acoger a los gays católicos

 

Screen Shot 2017-10-04 at 11.23.14 PM
Católicos LGBT en la Plaza de San Pedro, en el Vaticano, La pastoral New Ways Ministry de su parroquia Sagrado Corazón en Newark, New Jersey es muy activa. 

Lo anuncié y se cumplió, nada nuevo bajo el sol. Me refiero a mi columna publicada el viernes pasado: Los homosexuales y el cristianismo. La iracundia, el rechazo y la discriminación que despertaría lo que escribí en muchos católicos, sobre todo en parte de la jerarquía que margina y desprecia a los homosexuales. Pero no olvidemos jamás que ella es solo parte de la Iglesia, representan más bien a la Institución. La Iglesia la formamos todos por el sacramento del bautismo.

Recibí emails a favor y en contra, y para mi satisfacción fueron más los que apoyaron y agradecieron mi defensa de la comunidad LGBT católica que los que me criticaron. Pero hubo una carta de un sacerdote jesuita que me hirió. Está dirigida a despojar a una persona homosexual de su dignidad como persona. ¿Tan ciego y fanático es que no se dio cuenta que estaba insultando al Espíritu Santo que habita en cada uno de los que amamos a Dios, nos sabemos amados por él y vivimos en coherencia con nuestra fe?

Este pobre hombre es un desgraciado –lo digo literalmente, falta de la gracia de Dios–, utilizó el argumento menos cristiano que conozco para condenar a los homosexuales.

“¡Cuánto lamento que hayas dejado de ser cristiana!”, me dice al inicio de su carta. Me preparé para lo que iba a leer. Pero superó mi imaginación: “Las relaciones entre machos o hembras son pecados contra naturam, apunta el jesuita. “Decir que la sodomía no es pecado equivale a decir que si un hombre copula con una perra, cabra o burra no comete pecado. El segundo pecado contra la naturaleza se llama bestialidad.

“Todo lo que enseña la Iglesia de no discriminar a los homosexuales, ellos y ellas, se refiere a la inclinación, no a los actos.

¿Es cierto que los homosexuales deben abrazar la continencia perfecta? Sí, es cierto. El placer sexual no pertenece a las necesidades absolutas como respirar, comer y dormir”.

Este cura no tiene en cuenta el amor. Habla solo de copular. “El placer sexual no pertenece a las necesidades absolutas como respirar, comer, dormir” ¿Y el amor, no es una necesidad absoluta? ¿No sabe que el amor entre personas del mismo sexo existe con la misma fuerza y pasión y ternura, la necesidad de unión permanente, de comprometerse a vivir en plenitud ese amor como existe entre parejas de heterosexuales? Los gays establecen una relación de pareja en la que el amor, la fidelidad, la comunicación, el darse a la otra persona y querer hacerla feliz, como lo hace una pareja heterosexual que se ama, casada o no, es lo que distingue una relación fundamentalmente cristiana –que es a la que se refiere el papa Francisco en su histórico mensaje que está transformando la Iglesia: “Si una persona busca a Dios, es de buena fe y es gay, ¿quién soy yo para juzgar?”–, de otra que solo quiere tener “placer sexual” llevando una vida promiscua donde no existe el amor.

Invito con caridad a que este jesuita revise su pensamiento y de paso cumpla con uno de sus votos que está desobedeciendo. Además de los votos de pobreza, castidad y obediencia comunes a todas las religiosas y religiosos, los miembros de la Compañía de Jesús, los jesuitas, tienen un cuarto voto: absoluta fidelidad y obediencia al Papa.

En Estados Unidos se está viviendo una profunda crisis espiritual, teológica, pastoral y existencial frustrante o esperanzadora para la comunidad LGBT católica en diócesis y parroquias por ser aceptada en una Iglesia –y de nuevo me refiero a la Institución, no a la Iglesia formada por los hijos de Dios, mucho más humana, verdadera y seguidora de Jesús que la institucional–, de la cual todos somos parte. Esa crisis se vive muy intensamente entre los obispos, enfrentados en una batalla nacional por la defensa o condena de los gays católicos.

La plena acogida de ellos va en crecimiento asombroso y no tiene vuelta atrás. Hay muchos ejemplos pero carezco de espacio para informarlo. Cito uno: El cardenal de Newark recién nombrado por el papa Francisco, Josph E. Tobin, celebró una misa en junio para los miembros de la pastoral gay A imagen de Dios (In God’s Image) de la parroquia Sagrado Corazón, en esa ciudad en Nueva Jersey. El cardenal “encantado” de oficiar misa para ellos y darles la comunión, los fue recibiendo en la puerta y dándoles la mano a medida que entraban. Eran muchos, porque además habían asistido otros grupos gays católicos de Nueva York, Nueva Jersey y Connecticut. La eucaristía concelebrada por cinco otros sacerdotes, hizo noticia en todo el país al tratarse de un cardenal que anuncia la buena noticia de que en su diócesis los gays católicos cuentan con una iglesia que los ama y los recibe con respeto, amor y solidaridad.

Links donde encontrarán ayuda:

In God’s Image

New Ways Ministry – con una lista de las parroquias que en cada estado celebran misa para los gays católicos

Pastoral de la diversidad sexual, CVX de Santiago, Chile, 

Les recomiendo la lectura del libro James Martin, SJ Building a Bridge. How the Catholic Church and the LGBT Community Can Enter into a Relationship of Respect, Compassion, and Sensitivity.

El sexo en la Iglesia católica

images

¿Late anhelante la libido inhibida en noviciados y seminarios? Por lo general no. Late el fervor religioso que caracteriza a los jóvenes que han optado por la entrega total a su vocación. Las mujeres y los hombres que eligen y/o creen firmemente que Dios los ha llamado a la vida religiosa lo hacen libremente, nadie los obliga, y saben que uno de los votos es la castidad, entendida aquí como celibato. Porque castidad y celibato son dos cosas distintas. La primera tiene que ver con fidelidad, de ahí que el matrimonio, que goza de relaciones sexuales plenamente, y es un sacramento debe vivirse en castidad, el adulterio es pecado grave. Pero el celibato es no tener sexo.

Hagamos la pregunta de nuevo pero con una variante: ¿Late anhelante la libido inhibida en rectorías, conventos, comunidades religiosas, misiones y donde quiera que se hallen curas y monjas célibes? Por lo general sí. Pero aclaremos para ser justos: gran parte –no me atrevo a decir la mayoría debido a las investigaciones que están surgiendo a la luz– de las personas en la vida religiosa es célibe y afirma y demuestra ser feliz. A mí no me cabe duda de que esto es cierto, de que la vocación la viven con alegría y entrega casi ilimitada. Diría también que se sublimiza cierta energía sexual en esa entrega total a la misión.

El sexo ha sido y es un inmenso problema en la Iglesia católica, que al fin empieza a revelarse en el espacio público en todas sus variantes, ¡y qué variantes!

El conflicto trágico y central en este laberinto de sufrimiento y escándalos es el celibato obligatorio.

Al inicio de su pontificado Francisco dio indicios de que estaba inclinado a permitir el matrimonio de los sacerdotes. El rechazo fue tan fuerte por una parte de la Iglesia institucional conservadora, que Francisco decidió posponer esta decisión para más adelante o dejarlo para el tiempo de Dios, que no es el nuestro.

Pero el angustioso dilema sigue. En agosto de este año el diario The Boston Globe publicó una serie de artículos investigativos sobre los sacerdotes que tenían hijos producto de sus relaciones sexuales secretas, titulada Children of Catholic priests live with secrets and sorrow (Los hijos de sacerdotes católicos viven en secreto y sufrimiento). Los reportajes, cuyo autor es Michael Rezendes, vienen acompañados de vídeos en los que hablan hijos e hijas de curas que o bien los abandonaron, o los veían ocasionalmente, creyendo que era un tío u otro familiar de la madre. Y siempre a escondidas. He aquí un pecado gravísimo.

Los sacerdotes han estado engendrando hijos desde antes y después de que fuera requisito el celibato, pero la ley canónica no dice nada sobre la responsabilidad de un obispo cuando uno de sus sacerdotes es padre de un niño.

Algunos sacerdotes, en casos revisados ​​por The Boston Globe, tomaron en serio su responsabilidad. Eran padres consagrados, aunque en privado. Algunos prometieron a las madres de sus hijos que dejarían el sacerdocio, aunque pocos lo hicieron; y otros consolaron a las mujeres con garantías de que era sólo cuestión de tiempo antes de que la iglesia abandonara el requisito de celibato.

El periódico cita el estudio realizado por A.W. Richard Sipe A Secret World (Un mundo secreto), que sigue siendo el libro clave de los sacerdotes y la sexualidad. Sipe encontró que casi el 30 por ciento del clero católico tenía relaciones sexuales regulares u ocasionales con mujeres, mientras que aproximadamente la mitad llevaba vidas célibes.

Aunque los líderes católicos rara vez lo discuten, la evidencia de que los sacerdotes que engendran niños es un problema sistémico dentro de la Iglesia ha crecido fuertemente y se ha hecho más urgente y público en los últimos 30 años.

Según la investigación, que merece un premio Pulitzer, la evidencia es tan abundante, que se cree que los hijos de los sacerdotes pueden superar en número a las víctimas del abuso sexual del clero. Sólo en Estados Unidos, más de 18,500 personas han alegado haber sido víctimas de abusos sexuales de sacerdotes desde 1950, según información recogida por la Conferencia Nacional de Obispos Católicos de Estados Unidos y revisada por The Boston Globe.

En mi próxima columna trataré el tema de las monjas y los curas homosexuales.

Adelanto algo importante: está comprobado que la pedofilia no tiene nada que ver con la homosexualidad. La inmensa mayoría de los pedófilos no son curas (los curas que han cometido pedofilia no llegan al 2 por ciento), son familiares de la víctima, muchas veces son sus propios padres.

Un profeta ante el cisma de la Iglesia católica de EEUU

webRNS-JAMES-MARTIN2-040617

Como a todos los profetas bíblicos que los líderes religiosos de su época y tierra rechazaron por predicar verdades insoportables para ellos y por eso los mataron, a James Martin, SJ, lo están haciendo trizas en la Iglesia católica de este país. Su reciente libro Building a Bridge. How the Catholic Church and the LGBT Community Can Enter into a Relationship of Respect, Compassion and Sensitivity (Construir un puente. Cómo la Iglesia católica y la comunidad LGBT pueden establecer una relación de respeto, compasión y sensibilidad), está causando un escándalo nacional, pero no porque lo católicos lo rechacen como quisieran muchos obispos, todo lo contrario. El éxito del libro, convertido en un bestseller de The New York Times, y cuyas críticas favorables y condenatorias muestran el debate transformativo sobre los homosexuales católicos, es precisamente porque reclama la debida aceptación y participación plena de ellos y ellas en la vida de la Iglesia.

En sus páginas los gays católicos hallarán todo lo sabio, compasivo, reconciliador y acogedor que esperaban de la Iglesia católica sin intentar renunciar a su fe ni a su orientación sexual.

Lo curioso dentro del gran cisma que vive la Iglesia es que no se trata solo de obispos que se niegan a aceptar a los gays y los que favorecen –como el papa Francisco– su plena pertenencia a ella, sino la abismal diferencia que existe entre los laicos y los obispos. En una investigación que hizo el Pew Research Center en junio de 2017 se demostró que dos tercios de los católicos (68%) apoya la unión de parejas homosexuales. Pero la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos, incluida la Arquidiócesis de Miami, que se niega a aceptarlos e incluso el arzobispo Thomas Wenski ha amenazado con despedir a quienes trabajen en la arquidiócesis y apoyen las uniones homosexuales, se hace de oídos sordos ante el reclamo de la inmensa mayoría de sus fieles. ¿No se están negando esos obispos homófobos a escuchar la voz de Dios expresada no sólo por el papa, sino por la mayoría de los católicos?

“Los despidos masivos que se están llevando a cabo en la Iglesia porque el empleado es gay, hace que me pregunte: ¿Despedimos a divorciados vueltos a casar? ¿Despedimos a heterosexuales que viven en pareja juntos, pero no están casados? ¿Despedimos a católicos adúlteros? ¿Despedimos a los que usan contraceptivos? No, ellos siguen en su trabajo y están faltando a las enseñanzas de la Iglesia, cometiendo el mismo pecado grave que supuestamente cometen los gays que no son célibes, que viven en pareja con su ser amado”, dice el padre Martin en su libro.

“El asunto es que las enseñanzas de la Iglesia son las del Evangelio, y son las que no se practican. Somos selectivos al aplicar esas enseñanzas. Nos enfocamos en un grupo: los homosexuales. La gente straight no tiene una luz condenatoria encima, no sufren despidos de sus trabajos ni discriminación tan cruel como la sufren los gays”.

Habría que entrar de lleno en lo que el papa Francisco llama “la cultura del encuentro”. Es decir, encontrarse con “el otro”, escucharlo, conocerlo para comprenderlo, y así ir transformando los estereotipos anticristianos y construyendo una relación fraterna.

Pero los obispos, en muchos casos, no conocen a los homosexuales, no se juntan con ellos, no los escuchan.

Surge la pregunta de la lógica impecable: ¿Por qué una persona gay sigue siendo católica si sabe que su Iglesia la condena, que su comunidad parroquial lo discrimina, no lo recibe ni acepta que participe en cualquiera de los ministerios que ofrece su parroquia?

La respuesta es un misterio, como la fe o la orientación sexual. Tiene su raíz en lo espiritual, quizá en la formación religiosa de su hogar, en una conversión, en el fondo no es algo racional sino del Espíritu, que habita en ellos, y que le da la dignidad que poseen los hijos de Dios.

Hoy, después del declarado apoyo del papa Francisco a la comunidad LGBT y de la descentralización que está llevando a cabo en la Iglesia, los gays católicos saben que hay muchos sacerdotes y parroquias en los que son bien recibidos con su pareja o sin ella para la celebración de la Eucaristía y la participación en la vida de la iglesia. Y la recepción de la comunión es un aspecto tradicional de la ‘participación en la vida de la Iglesia’.

Este es la tercera semana que escribo acerca del tema que hoy divide a la Iglesia en EEUU. Para un entendimiento más abarcador de lo que sucede, recomiendo la lectura de “Los homosexuales y el cristianismo” (1 de septiembre) y “Una Iglesia que cambia para acoger a los gays” (8 de septiembre).

Ánimo, la apertura de una institución casi inamovible se está dando gracias al liderazgo de otro profeta, el mayor de nuestro tiempo: Jorge Mario Bergoglio, obispo de Roma, papa de la Iglesia católica.

Los homosexuales y el cristianismo