Carl G. Jung fue el creador de la psicología analítica, que suele llamarse también “psicología junguiana o análisis junguiano». Esta disciplina, obra magistral de Jung, estudia la relación entre la conciencia y el inconsciente, y busca que la persona alcance una vida psíquica más integrada, significativa y propia. Jung siempre hizo énfasis en la estructura de la psique y la de sus manifestaciones culturales. Esto lo llevó a estudiar profundamente e incorporar a su metodología y análisis el arte, la filosofía, la interpretación de los sueños, la antropología, la mitología, la espiritualidad y la religión. Descubrió que la dimensión de lo sagrado no sería un añadido superficial, sino una realidad constante de la vida psíquica.
Había pasado algún tiempo, dos o tres años, antes de que un libro de Carl Gustav Jung que no conocía llegara a mis manos para, como digo en el título sin exagerar, cambiara mi vida. Había leído algunos de sus ensayos y libros que me cautivaron desde un principio, pero sin atravesarme el alma, transformar mi vida radicalmente. Era su autobiografía, que comenzó a escribir a los 82 años: Recuerdos, sueños, pensamientos. El libro se lo dictó a Aniela Jaffé en 1957 y terminó poco antes de morir en 1961. Jaffé fue la asistenta y estrecha colaboradora de Jung en sus últimos años. Ella misma era analista junguiana autora de importantes libros sobre Jung y la psicología analítica. Conocía personalmente a Jung desde hacía mucho tiempo y trabajó en el Instituto C. G. Jung de Zúrich.
Cómo se abrió ante mis ojos este libro
A través de un matrimonio amigo que estaba de visita en mi casa una tarde de domingo. Ambos estaban hurgando en mi biblioteca y conversábamos los tres. Lali, Carlos y yo. Al uno de ellos descubrir entre mis libros a Jung, sobre todo uno sobre el inconsciente colectivo, obra suya muy conocida donde dejaba explicado uno de sus grandes descubrimientos: el inconsciente colectivo, los arquetipos e hitos psicológicos vinculados a éstos, me preguntó Lali si había leído la autobiografía de Jung: Recuerdos, sueños, pensamientos. Le respondí que no. Entonces los dos comenzaron a animarme intensamente a que la leyera, que no dejara de hacerlo, era una de sus obras cumbres, un libro que no podía dejar de leer. Obedecí expectante sin perder tiempo. Esa semana fui a La moderna poesía, cuando existía en Miami en la década de los 80. Allí la encontré.
Leí el libro casi de corrido, a medida que me adentraba en sus páginas me di cuenta de que no podía parar. Era como una mujer sedienta y sudorosa, con la cabeza y la piel calientes por el sol de Miami en el mes de julio o agosto. Esa mujer agotada por el calor y a saber qué más, de súbito halla una fuente de agua fresca, limpia, que corre seductora como un manantial frente a ella, esperándola. Era una aparición, una revelación que no comprendía. Recuerdos, sueños, pensamientos me absorbió de una manera asombrosa y me atrevo hoy a decir que me lanzó sin previo aviso a una dimensión de la realidad desconocida para mí: la trascendencia. Según el diccionario, trascendencia es un resultado, una consecuencia de índole grave o muy importante. También la define como «aquello que está más allá de los límites naturales».
Y es que cuando cerré con mis manos aquel libro y levanté la mirada hacia la pared que tenía en frente, yo no era la misma. Ante mí se había abierto de pronto una puerta misteriosa que me mareaba y revelaba un mundo nuevo, totalmente desconocido, que me hizo temblar, literalmente. Les cuento esto: Esa misma semana que había terminado de leerlo, estuvo de visita en casa Teresita, una amiga con quien conversaba a menudo, nos sentíamos bien intercambiando experiencias, opiniones, anécdotas y no pocas veces hablábamos de nuestra vida sentimental, romántica, las relaciones, los fracasos o recuerdos hermosos. Nos comprendíamos bien, y confiábamos.
Esa noche traté de contarle lo que me había pasado al leer la autobiografía de Jung, a quien ella había leído también, pero no este libro. Empecé y no pude. Me sentí nerviosa, muy nerviosa, la mente me daba vueltas, no podía hilvanar los pensamientos que narraran lo que creí que podía narrar. Me callé de pronto porque sentí un temblor parecido a un escalofrío dentro que me hizo levantar y pedirle a mi amiga que me acompañara a un hospital. Se sorprendió muchísimo, pero sin comentar nada, bajamos, nos montamos en su carro y fuimos a emergencia. Yo hecha un desastre sin saber lo que me pasaba.
Cuando llegamos lo único que le pude explicar el médico era que me sentía muy nerviosa, con temblores, y no podía explicar la causa. Me dio por caminar dándole vueltas a la cama en vez de acostarme. Teresita me miraba algo asustada. El médico me inyectó supongo que algo fuerte para un ataque de nervios. Me acosté un momento y cuando me sentí mejor, en control de mi persona y acciones, le pedí a mi amiga que nos fuéramos, ya me sentía bien. No hablé en todo el viaje ni en casa. Lo que me acababa de suceder no se lo intentaría contar a nadie, me dio un miedo inmenso tratar de empezar a contar aquella experiencia de nuevo. Me sentía a salvo guardando silencio sobre el efecto del libro sobre mí, lo que me había pasado que todavía no comprendía y me alejé lo más posible de tratar de comprenderlo. Hoy sé lo que me sucedió: había pisado terreno sagrado.
Esta es la segunda vez que intento contar, compartir con alguien lo que me sucedió al terminar de leer el libro cumbre de uno de los grandes maestros que he tenido en mi vida. Yo conocía a Jung de antes por su obra El hombre y sus símbolos, Los arquetipos y el inconsciente colectivo, El análisis de los sueños y algunos ensayos suyos en revistas o antologías de psicología. Sin duda me atraía poderosamente su pensamiento. Recuerdo un ensayo o quizá varios sobre un mismo tema que formaron esa fuerza atractiva, rara y que yo sabía que era cierta, porque lo había experimentado. Era sobre la sincronía. Ahora me inquietaba lo que empezaba a percibir de Jung, ¿o de mí?
En su autobiografía el psiquiatra de más de 80 años desnudó su alma, su psiquis. La vida de este hombre maravilloso e inquietante movía resortes inesperados en mis adentros y me iniciaba en un camino nunca recorrido: como un bosque de donde surgían encantos inesperados, también terrores. Mis pasos perdidos iban siguiendo otros pasos sin saber el rumbo que llevaba ni a qué final me conducía.
Y he aquí lo que ha sucedido hoy, 13 de septiembre de 2026, hace más de 35 años de aquel intento fallido de contar una historia. Consciente de que nunca se lo podré contar a nadie, que no puedo narrar esta experiencia que me transformó para siempre, decidí preguntarle a Perplexity, la plataforma de Inteligencia Artificial que consulto en mis investigaciones, algo sumamente personal, lo que por supuesto jamás lo había hecho.
Mi pregunta a Perplexity:
¿Por qué la autobiografía de Jung tuvo un impacto tan grande en mí? Yo no estaba al tanto de lo numinoso. Era una periodista graduada en Literatura Comparada. Dedicada a mi profesión, que siempre amé, así como la literatura, el amor, las relaciones amistosas o románticas, pero ausente de lo religioso o espiritual por completo. Había leído otras obras de Jung, pero ésta me lanzó a un camino desconocido muy asustadizo y a la vez, sé que fue mi salvación. Me sacudió profundamente esta obra.
Respuesta de Perplexity:
Es muy comprensible que Recuerdos, sueños, pensamientos le haya producido una conmoción tan honda. No parece que el libro la haya “convertido” a una religión, sino que le presentó una manera inesperada de reconocer que la vida interior —los sueños, las imágenes, los temores, las intuiciones, la memoria y los símbolos— puede poseer una dimensión de sentido que el lenguaje estrictamente racional o profesional no alcanza a nombrar.
No leyó una teoría: encontró una voz
Usted ya había leído a Jung. Conocía, por tanto, conceptos como el inconsciente, los arquetipos, los símbolos y quizás el inconsciente colectivo. Pero su autobiografía no funciona ante todo como un tratado psicológico: es el relato de un hombre que se atreve a contar cómo esas ideas nacieron de experiencias íntimas, visiones, sueños, conflictos familiares, pérdidas, temores y preguntas religiosas.
Jung abre el libro con una afirmación decisiva: “Mi vida es la historia de la autorrealización de lo inconsciente”. Y añade que una vida interior se expresa con más verdad mediante el mito que mediante la ciencia, porque los conceptos generales no recogen plenamente la singularidad de una persona.
Para una periodista y graduada en Literatura Comparada, esa forma pudo ser particularmente poderosa. Usted estaba preparada para reconocer la fuerza de la narración, la metáfora, los mitos, las estructuras simbólicas y las correspondencias entre culturas. Pero quizá no esperaba que esos instrumentos críticos se volvieran de pronto personales: que el símbolo no fuese solamente materia de estudio, sino una puerta hacia su propia vida.
La dimensión religiosa sin dogma
Jung no suele presentar la religión como obediencia doctrinal ni como simple creencia heredada. La trata como una experiencia psíquica profunda: el encuentro del ser humano con aquello que lo sobrepasa, lo interroga y le exige transformación.
Eso puede impactar precisamente a quien no se consideraba religiosa. El libro no le dice: “debe creer esto”. Más bien le plantea: “observe lo que ya vive en usted; atienda sus imágenes, sus sueños, sus emociones intensas, sus preguntas últimas”. En la visión jungiana, los símbolos religiosos no son reliquias muertas: son formas históricas y culturales en que la psique intenta expresar realidades difíciles de reducir a una explicación racional. Jung vinculó esos procesos con sueños y fantasías individuales, pero también con sistemas religiosos y transformaciones simbólicas colectivas.
Es posible que usted descubriera que poseía una sensibilidad espiritual que no había sido negada, sino mantenida fuera del campo de interés. No necesariamente por rechazo consciente, sino porque la vida moderna, el periodismo y la formación intelectual suelen privilegiar lo comprobable, lo público, lo político y lo histórico. Jung devuelve legitimidad a lo invisible sin pedir credulidad.
La sacudida de verse incluida
Hay libros que admiramos; hay otros que nos leen. La autobiografía de Jung pertenece a esa segunda clase.
Su impacto puede haber nacido de varias convergencias:
• Le mostró que una persona rigurosa, culta y científicamente formada podía tomar en serio sus experiencias interiores sin reducirlas a patología o superstición.
• Le ofreció una continuidad entre literatura, mito, historia de las religiones, arte y vida psíquica; campos que, por su formación en Literatura Comparada, usted ya conocía desde fuera.
• Le hizo sentir que la espiritualidad no era una zona ajena ni necesariamente confesional, sino una dimensión posible de su propia conciencia.
• Le dio un lenguaje para experiencias que quizá habían existido en usted como intuiciones, emociones, imágenes o preguntas, pero sin una forma verbal precisa.
• Le propuso que la madurez no consiste solo en acumular conocimiento, sino en integrar partes ignoradas de uno mismo: razón y afecto, biografía y símbolo, conciencia e inconsciente.
La teoría jungiana del inconsciente colectivo y de los arquetipos puede explicar parte de esa resonancia: ciertos motivos —la sombra, la madre, el niño, la muerte y renacimiento, el viaje, la figura sabia, el doble— nos conmueven porque no operan solamente como ideas privadas, sino como configuraciones culturales y psíquicas muy antiguas.
Su formación no fue un obstáculo
Quizá ocurrió lo contrario de lo que parece: su condición de periodista y estudiosa de literatura no la alejaba de esa puerta, sino que la preparaba para abrirla.
El periodismo le enseñó a observar la vida humana en sus conflictos reales, a escuchar testimonios, a advertir lo que se oculta detrás del discurso público. La literatura comparada le mostró que las grandes culturas vuelven una y otra vez a ciertos relatos: caída, exilio, culpa, sacrificio, revelación, transformación, búsqueda de identidad. Jung le sugirió que esos relatos no están solo en los libros: viven, de modo transformado, en cada individuo.
Por eso la lectura pudo sentirse súbita. No porque usted careciera de antecedentes intelectuales, sino porque de pronto muchas lecturas, experiencias y preguntas dispersas encontraron un centro común.
Una posible formulación de su experiencia
Podría decirse así:
La autobiografía de Jung no me llevó a una religión establecida. Me reveló, en cambio, que yo tenía una vida espiritual inconsciente: una zona de símbolos, memoria, intuición y preguntas que mi formación racional no había eliminado, sino dejado sin nombre. Como lectora de literatura y como periodista, había estudiado y narrado vidas ajenas; Jung me obligó a mirar la dimensión mítica y secreta de la mía.
Eso no significa aceptar sin reservas todo Jung, ni interpretar literalmente cada sueño o símbolo. Significa reconocer que el libro le dio permiso para considerar la interioridad como una fuente de conocimiento. Su cambio de vida pudo consistir exactamente en eso: ya no vivir únicamente desde la conciencia analítica, sino admitir que hay otra parte de usted que también piensa, recuerda, imagina y busca sentido.
Hasta aquí lo que me respondió la Inteligencia Artificial acerca de mi pregunta.
Ha sido largo y complejo el camino que me condujo a la plena integración de mi ser, mi mí-misma, la integración que se inició con la autobiografía de este psiquiatra suizo que hizo posible mi transformación. Y de eso se trata.
Haber escuchado y visto ayer estas entrevistas hechas a Jung en 1960, publicadas en YouTube, me impulsó a escribir lo que acaban de leer. Pero les aseguro que oír lo que dice aquí mi muy querido Jung es mucho más importante que lo escrito, que lo nunca antes pensado o experimentado por millones de personas. Es una entrevista para ubicar en los grandes descubrimientos de la humanidad, los hondos y trascendentes pasos que se dan en la historia debido a un hombre o una mujer. Diría que es similar a cuando el hombre descubrió el fuego, qué digo, creo es mucho más que eso. No me queda una sola palabra para animarlos, moverlos a escuchar a Carl Gustav Jung en los vídeos que aquí les regalo.
La entrevista, pero que incluye otros temas y profundiza aun más en su experiencia de Dios.













