Lo he dicho mil veces, pero tengo que repetirlo para mejor comprensión del fenómeno que se da en mi ser como exiliada cubana. Yo salí siendo niña, nací y crecí en Pinar del Río y sólo visitábamos La Habana por dos o tres días cuando íbamos a ver a mi padre, que vivía allá.
Al ser una niña de provincia, como se dice allá, me fui de Cuba sin conocer La Habana ni el resto del país. Por tanto este viaje de 2019 fue excepcional, pues estuve en Pinar del Río poco tiempo, el resto lo pasé en La Habana, casi dos meses. Alquilé una habitación en El Vedado, en 23 y G, en un edificio antiguo frente a la Avenida de los Presidentes. Impresionante parque con bancos y arbustos bien cuidados y una buena cantidad de lo que llamaban «paladares» en aquel tiempo, que eran restaurantes o cafeterías de propiedad privada, no del Estado. Fui a suficientes como para asegurar que la mayoría era exquisita. Solía salir por la mañana a caminar. Muchas veces me sentaba en el parque al lado del Coppelia, porque era un área de wifi. Otras pasaba por el Hotel Habana Libre, a tomar un buen café o cortadito en la barra y conectarme de nuevo a internet por un rato. Pero la mayor ocupación diaria era deambular, ir descubriendo la capital de mi país. Ver gente por todas partes caminando a un lado y otro. Detenerme frente a edificios majestuosos que aparecían de repente ante mis ojos. Ma paraba a veces frente a sus portales para observarlos, me encantaban por varias razones o mejor, por una: eran portales cubanos. La Habana posee estilos arquitectónicos bellísimos. Sus plazas y parques, sus iglesias antiguas y para mí muy particulares, exclusivas. Entrar en ellas es como descubrir tesoros sagrados que quiero pensar que nadie osó desbaratar, hasta los militantes comunistas más ateos debían de haber intuido que no se debían destruir.
De ese viaje inolvidable a mi país regresé a Miami en octubre de 2019, después de permanecer en Cuba por tres meses. Estaba decidida a resolver lo necesario –desmontar mi apartamento, vender o regalar auto, muebles, etc.–, después de una operación de la rodilla que estaba planeada para ese mismo año. Tan pronto me recuperara me iría enseguida y para siempre.
Mi fragilidad ha aumentado considerablemente, padezco de dolores muy fuertes en la espalda por la artritis, camino con lentitud e inseguridad, me caigo a veces, porque pierdo el equilibrio. El médico no halla pastillas que acierten a aliviar mi dolor, a no ser por un par de horas. Carezco de familia cercana en Estados Unidos, estoy sola. Sola estaré en Cuba también. Mi familia toda ha muerto.
En octubre de 2019 tenía muy pocos deseos de venir. La Habana me secuestró, me enamoré de ella. Algo que nunca he sentido por Miami, aunque me gusta la ciudad y la he llegado a querer. Qué dos situaciones existenciales tan diferentes. Me he estado preguntando en cuál de las dos me quedaría a vivir el poco tiempo que me quede, y morir. El tiempo se acaba. Pero me siento bien a pesar de los dolores normales de mi edad. Sin embargo, cuento con energías internas, ánimo y deseos fuertes de vivir estos años dándole a la vida de cada día la atención que debo y quisiera. Elevar la conciencia del valor que tiene el momento presente. Los momentos son todo lo que tenemos, el futuro es ahora y estoy implicada (a estas alturas todavía) en una tarea fuerte, difícil para mí: que el pasado interfiera lo menos posible en el presente, es un deseo tonto, inútil.
El pasado hay que dejarlo ir y seguir el camino día a día sin mirar atrás, me digo y me dicen. Es tan grave y peligroso una existencia aferrada a un tiempo ido, que ha muerto. Ha de ser un error dejar ir las horas como si no tuvieran fin, como si esta corta vida fuera eterna, malgastando el ahora en recuerdos dolorosos o hermosos, que no volverán por más que queramos. Lo descubrí tarde. Ha sido una desgracia vivir de añoranzas, de evocación, de sublimaciones, de angustia por una existencia que no elegí.
Cierto, contribuye enormemente a esta angustia, la muerte de mi familia y amigos más amados, aquí, en Miami. Que tu vida sea la de una desterrada, lo digo con el peso de la palabra, fuera de tu entorno natural, tu patria, que no hayas crecido, estudiado, hecho tu vida en tu país, vivir maravillosamente inmersa en tu cultura, tu nacionalidad, en la que te sientes colmada, plena, feliz sin saberlo porque se da por sentado, porque es tu estado natural. Tu identidad es lo que te rodea, en la que te mueves. Y ahora darle la cara y el alma a la vejez, a la disminución, a la invisibilidad. Todo esto es ineludible. Acuden a la memoria súbitos flashbacks o un recuerdo que nace espontáneamente: una melodía, una fragancia, tantas cosas. ¿Cómo borrarlas? No se puede, pero ¿se podría con voluntad, disciplina y sobre todo la oración, irlos dejando atrás, hasta que desaparezcan?
Mi descubrimiento de La Habana en esos meses de agosto, septiembre y octubre de 2019, fue una epifanía que no acaba, un milagro que me hizo renacer, porque todo me hablaba de mi pertenencia identitaria a esa ciudad, que me sedujo de tal manera, que no hubo espacio ni tiempo en mi corazón, mis ojos, mis sentimientos para recuerdos ni nostalgias. ¿Nostalgia de qué, si estaba allí? Penetré y empecé a vivir en un espacio y tiempo llamado nostalgia. De pronto el entorno completo se volvió presente en una maravillosa sensación de mi ser recuperado. Un renacer a la verdadera persona que soy, que fui, que seré. De la belleza de la ciudad no hablaré ahora. He viajado, he visto muchas ciudades.
El dilema no era grave en 2019. Porque aunque no lo parezca, la política había dejado de importarme. En ese aspecto me daba igual vivir aquí o allá.
Es imperativo que haga una aclaración que se ha ido convirtiendo en algo de importancia mayor a medida que he ido conociendo a las generaciones que siguieron a la mía, que se quedaron en Cuba y ahora viven fuera. Tuvieron una experiencia radicalmente diferente a la mía: sufrieron el comunismo, con su persecución, crímenes, la total falta de libertad y respeto a los derechos humanos. Muchos han padecido el presidio político con sus indelebles huellas, han sido víctimas incesantes de actos crueles. Los millones que han ido llegando durante décadas, desde 1962 cuando llegué yo, sobre todo a partir del Mariel (1980), traen frescas las heridas y cicatrices que yo nunca sufrí.
Mi sufrimiento fue el desarraigo de una niña que fue creciendo aquí, la extrañeza perenne, la añoranza de una nación que dejé atrás cuando me estaba formando en aquella cultura que ya amaba entrañablemente. Fui extirpada de mi identidad natural, intentaron extraer una fibra vital de mi existencia, no pudieron, pero yo no entendía por qué. Nada de eso vivieron las otras generaciones. Todo lo contrario, con el paso de los años fue creciendo como un monstruo sediento y hambriento dentro de ellos: el querer que no cesa, se fortalece, la necesidad de irse de aquella isla. Irse.
No trajeron consigo el amor a Martí, a las luchas independentistas, ni con orgullo los símbolos nacionales, mucho menos el concepto de patria: querían largarse lo antes posible de aquel infierno. Lo que trajeron esas generaciones fue rencor y frustraciones acumulados, el odio a una dictadura que se empeñó en aniquilarlos como personas. Sí trajeron, conste, su cultura.
Un día vi con toda claridad que el amor está por encima de la política, el amor a Dios y a la familia, el amor dado y recibido en una relación, que todo está hecho de tiempo y este se va como agua entre los dedos, como el incesante, indetenible caer de los minutos y segundos reflejados perfectamente en un reloj de arena.
¿Vivir y morir en Miami o en La Habana?, me he preguntado tanto en los últimos años. Y aunque parezca una locura, me lo sigo preguntando. Pero quizá Dios, compasivo como es, me lleve con él. Se habrá acabado el destierro, la falta de patria, mi amor y necesidad de volver al pasado. En la vida eterna que me aguarda seré infinitamente más feliz que en Cuba o en Miami. Es mi fe católica, mi verdadero yo. Ahí está mi roca, mi hogar, mi dicha. ¿A qué tanto dilema?